¿En dónde están sus mamás?
No era la primera vez que nuestra familia fue invitada a una
fiesta de cumpleaños en el hogar de protección. Hanna y Sophia creen que estas
fiestas son increíbles y que el hecho de comer pastel es una de las cosas más
emocionantes que sus cuerpitos de 3 años puedan experimentar. Nos sentamos en
las mesas plegables debajo la luz pálida que claramente marca mis recuerdos de
las fiestas así. Me pidieron favor de orar por el joven que cumplía 18 años ese
día y mientras daba una pequeña reflexión y hacía una oración, mi hija se le
acercó a mi esposa susurrando, "¿en dónde están las mamás de estos
chicos?" Habíamos estado sentados en esas mismas sillas de plástico en
situaciones parecidas una docena de veces antes, pero no fue hasta ese momento
en esa noche en particular que las ideas se alinearan en la pequeña mente de mi
hija, para que se diera cuenta que hay muchas cosas en este mundo que no están
como deben ser. Estos niños no tenían una mamá como ella.
Una de las cosas que más disfruto de vivir en Guatemala es el
hecho que vivimos a un kilómetro del hogar de protección donde serví durante
más de 13 años y donde los niños y adultos siguen siendo una parte de nuestras
vidas. Hanna y Sophia constantemente piden ir a jugar y visitar, seguramente
con la suposición que todos los niños y niñas crecen siendo expuestos a
relaciones significativas con otros niños que no tienen mamás. Como padre, me
doy cuenta de que mis propios prejuicios, preferencias y hábitos lentamente
vierten como cemento fresco en las mentes y corazones de mis hijos para formar
sistemas de creencias sólidas y duraderas que servirán como una base durante el
resto de sus vidas. Lo que a mí me incomoda, será evitado en mi familia siendo
una enseñanza implícita a mis bebés curiosos sobre lo que es correcto y malo.
Lo que hoy es mi preferencia, mañana será una creencia de mis hijos. Mi
instinto es de huir del dolor y situaciones difíciles y debo confesar que al
estar con niños que no tienen padres me entristece como nada más en este mundo.
Soy capaz de jugar y reír, bromear y sonreír, pero mi mente no me deja en paz,
recordándome de la profunda tristeza que opaca la risa y diversión. Lo difícil
es que no visito al hogar porque es lo correcto o por suplir una necesidad mía,
sino porque he llegado a amar a estos chicos. Aunque sea incómodo debido a mi
propia sensación de impotencia, mis emociones no pueden obstaculizar lo que soy
llamado a hacer. Entonces, la meta que está por delante, pesa más que el dolor
e incomodidad que pueda experimentar. Mis hijas crecerán con una cosmovisión
que a mí me costó décadas para desarrollar en donde los pobres, huérfanos y
necesitados no son grupos anónimos que son puntos en la lista de oración, sino
sus mejores amigos, compañeros e iguales. Pero hay un precio que pagar. Me
costará tiempo, orgullo, confort y mi seguridad.
Estoy tan agradecido que mis hijas se están dando cuenta hoy que
hay muchos niños que no tienen mamás y que su respuesta a la situación social
de sus pares debe ser de compasión, acercamiento y el mismo amor que
naturalmente sienten por sí mismas. Así que, sigamos abriendo nuestras vidas a
lo incómodo; arrinconando nuestra carne en el ring santificador del sufrimiento
e incomodidad armados con debilidad y aguijones bajo la luz admirable que es la
gracia que Jesús tan libremente nos da. Pensemos en los aspectos más
importantes de nuestra cosmovisión actual y cómo podemos exponer a nuestros
hijos a experiencias formativas afines. Y si nuestra cosmovisión ha sido
iluminada por la revelación de Cristo, esta jornada ciertamente nos llevará a
no solamente ser tolerantes e interceder, sino a abrir sacrificialmente
nuestras vidas, corazones, mentes y billeteras a la causa de nuestro vecino. Es
la parte del evangelio que nuestros niños no necesitan solamente escuchar, sino
ver, tocar, invertir en, amar y apasionadamente manifestar.


Comentarios
Publicar un comentario